Saltar al contenido

Villafranca del Castillo es una urbanización de Villanueva de la Cañada con un profundo pasado histórico. Antiguo Señorío, Coto Redondo y Finca Feudal, cuenta con referencias documentadas desde el siglo XII y conserva, como testigo de su linaje, su emblemático castillo.

Próximamente publicaremos su historia en cuatro monográficos y, como adelanto, presentamos este:

Prólogo: El Castillo que me llamó dos veces

El Enigma de San Antón: barro, fe y supervivencia en el Guadarrama.
Todo empezó con una telera. Una valla de madera para ovejas que, hace ya sesenta años, apoyamos contra los muros de un castillo abandonado. Teníamos 15 años, unas bicicletas y la curiosidad de quien siente que está descubriendo un mundo prohibido. Subimos por esa ventana y, sin saberlo, aquel día me colé también en la intrahistoria de Madrid.

Hoy, seis décadas después, aquel chaval ha vuelto con el mismo afán de descubrir el porqué de las cosas. Este estudio nace de una inquietud y de un pequeño homenaje a la memoria de nuestra tierra: ¿por qué estos parajes están llenos de lugares llamados San Antón? Un rastro que me ha llevado, de forma casi caótica, desde la Hispania romanizada hasta la Huerta de Cánovas; desde la Granja el Henar hasta volver a aquel castillo de mi adolescencia. En este viaje he descubierto conexiones inesperadas y amistades que me han servido de guía. Mi reto ahora es transmitirles lo que he encontrado.

El rastro de un nombre olvidado

¿Por qué en la Edad Media existió tal devoción a San Antón, una fe que parece desvanecerse con la llegada del bienestar de la Edad Moderna?

En el curso medio del río Guadarrama, el nombre del santo funcionó como un apellido pegado a la tierra: desde la Ermita y la Venta de San Antón (antiguo enclave y origen de Villafranca del Castillo) hasta la antigua iglesia de Brunete. En el contexto y las creencias de los siglos X al XV, aquel nombre era sinónimo de salud y prosperidad en un mundo incierto.

El «Fuego» de los pobres y el pan maldito

Para entender este fervor, debemos mirar a la salud. Los seguidores del santo atendían a enfermos que sufrían el «Fuego de San Antón»: una variedad de peste que hacía que manos y pies ardieran y se gangrenaran.
Hoy sabemos que el culpable era el pan de centeno, alimento básico de los humildes. El cereal solía estar contaminado por un hongo parásito, el cornezuelo (Claviceps Purpurea). Al entrar en los hospitales del santo y cambiar su dieta por pan de trigo limpio, los enfermos sanaban «milagrosamente».

Espiga de centeno contaminada por el cornezuelo.

De ahí viene la tradición de los panecillos de San Antón: un símbolo de salud recuperada que sigue vivo. Cada 17 de enero, en la Iglesia de San Antón de Madrid, se cumple el rito ancestral de repartir miles de estos panecillos bendecidos a los fieles que acuden con sus animales, manteniendo el vínculo entre el santo, el pan y la protección de la vida.

El sostén de Occidente: La rehabilitación del cerdo

San Antón hizo algo más por el pueblo: dignificó al cerdo. En una época de prohibiciones religiosas ancestrales, el santo divulgó su consumo en las clases inferiores. El cerdo se convirtió en el sostén alimenticio de Occidente. Los monjes antonianos criaban cerdos sueltos por las calles para rifarlos entre los pobres; una costumbre tan fuerte que ni los Reyes Católicos lograron prohibir que los animales anduvieran sueltos por Madrid. Gracias a la protección del santo, el pueblo estaba, sencillamente, mejor alimentado.

Brunete: Tradiciones de barro y supervivencia

En Brunete, la conexión con el santo era total a través de la ganadería y la tierra:

  • Los cerdos comunales: Hasta principios del siglo XX, existía una piara que deambulaba por las calles. Un pastor los llevaba a la Dehesa y, al anochecer, los recogía en el Porquero, un barranco a la salida de la Laguna.

La Hoya de San Antón: En el término municipal existía una portalera casi industrial a mediados del XIX llamada «El Cebadero». Aquella era la mejor zona para los melones; existen documentos del siglo XVII que certifican la compra de cosechas enteras por asentadores de Madrid. Para los cerdos, el melón era una alimentación fundamental, y la abundancia de animales en aquel lugar acabó bautizando el paraje como la Hoya de San Antón.

Esta V que forman los caminos aproximadamente, es la Hoya de San Antón.(Indicamos que, en esta zona, es donde se hace el Nuevo Brunete y que en unos años construirán 10.000. viviendas).

El documento definitivo de este vínculo lo hallamos en el Archivo Municipal de Chinchón. En la «Ejecutoria Grande» de 1480, se relata cómo los vecinos de Brunete fueron llamados a campana repicada para escuchar las órdenes de los Reyes Católicos y el Marqués de Moya. ¿Dónde se reunieron para aquel acto solemne que cambiaría su historia? En el lugar que articulaba su vida: dentro de la Iglesia de Sant Antón.


Anotamos según escrito original.

[BRUNETE]= E después de lo susodicho, en Brunete, martes veinte y siete días del dicho mes de junio del dicho año del Señor de mill y quatroçientos y ochenta años, en este dicho día, estando dentro en la yglesia de Sant Antón del dicho lugar axuntados a consexo del concezo de su ayuntamiento, rregidores e omes buenos del dicho lugar, seyendo llamados a campana repicada, combiene a saber, Pedro Blasco e Antón Fernández, alcaldes, e Diego Fernández, escribano, e Antón Fernández, notario y Gonçalo Barruelo e Martín Garçía de Morales e Tomás Casas, vecinos del dicho lugar, en presençia de mi el dicho Gómez Hortiz, escribano y de los testigos yuso escriptos, pareçió presente el dicho Franzisco Gonçález e mostró e fizoles leer e por mí el dicho escribano la dicha carta de los dichos Rey e Reyna de suso yncorporada. E ansí leída fizo lo ser rrequerimiento semexante que a los demás y otros concexos, que los dichos alcaldes jurasen con él para el contar de los vezinos del dicho lugar e faciesen las otras cossas en la dicha carta contenidas.

Fotografías de dos páginas de la Ejecutoria Grande, gentileza del Archivo Municipal de Chinchón.

Un Epílogo de Memoria Local

A pesar de que hoy día no se conservan la Ermita ni la Venta, y de que los lazos directos con nuestra historia actual parecen haberse desdibujado, sirva este breve estudio como un tributo a su figura.

Presentamos esta colección de cuadros sobre «Las Tentaciones de San Antón» no solo como una pincelada cultural, sino como una forma de recuperar el eco de aquel espacio desaparecido a través del arte universal que tanto influyó en su devoción.

San Antón: El Ermitaño de la Iconografía

San Antonio Abad, también conocido como San Antón, nació el 12 de enero de 251 d.C. en Heracleópolis Magna, Egipto, durante el dominio del Imperio Romano. Tras vender sus bienes y entregar el dinero a los pobres, abandonó su tierra para internarse en el desierto de la Tebaida (Alto Egipto).

Según los relatos de San Atanasio y San Jerónimo —popularizados en el siglo XIII por la Leyenda Dorada de Santiago de la Vorágine—, Antonio fue tentado reiteradamente por el demonio durante su retiro. Se le considera el fundador de la tradición monacal cristiana; sin embargo, y pese al atractivo de su carisma, nunca optó por la vida en comunidad. Se retiró al Monte Colzim, cerca del Mar Rojo, en absoluta soledad, rompiendo su aislamiento únicamente en el año 311 para predicar contra el arrianismo en Alejandría. Falleció el 17 de enero de 356 d.C., a la edad de 105 años.

Culto y Tradición

Aunque inicialmente fue enterrado en Constantinopla, su devoción se propagó rápidamente. En el siglo IX, sus restos fueron trasladados a Francia, donde su fama de taumaturgo creció exponencialmente, destacando su capacidad para curar enfermos y, especialmente, animales.

La Iglesia católica lo nombró patrón de sepultureros, panaderos y animales. Esta última faceta permitió un culto más afectivo por parte de las sociedades rurales medievales, cuya subsistencia dependía directamente del ganado.

El Legado en el Arte

La iconografía de San Antón es extensísima. Desde el siglo XIV hasta el XX, diversos artistas lo han representado rodeado de animales —frecuentemente cerdos o jabalíes— y un ave portando un pan en el pico, símbolo de su sustento milagroso en el desierto. Las obras suelen enfatizar dos ejes:

  1. La vida solitaria: El retiro místico y la austeridad.
  2. Las tentaciones: Escenas donde el demonio lo asedia, a menudo cargadas de un erotismo simbólico que los pintores utilizaban para explorar los límites del arte religioso.

El Bosco y el «Fuego de San Antón»

El tríptico más célebre sobre este tema es, sin duda, «Las tentaciones de San Antonio» de El Bosco. El pintor flamenco rompió reglas y tabúes al plasmar visiones hiperrealistas y oníricas que, incluso hoy, parecen fruto de una alucinación.

Nota histórica: Existe una conexión fascinante entre estas pinturas y el llamado «Fuego de San Antón» (ergotismo). Esta enfermedad, causada por la ingesta de centeno contaminado con cornezuelo, provocaba alucinaciones y una sensación de quemazón interna. Es muy probable que las visiones descritas por los enfermos influyeran en la simbología de los trípticos de la época.

Estos trípticos solían consistir en una tabla central de aproximadamente 80 cm de base por 60 cm de alto, con puertas laterales que, al abrirse, revelaban un universo pictórico complejo, permitiendo que la obra funcionara como un altar doméstico privado.

A continuación, incluimos una selección de obras donde se aprecia la recurrente presencia del pan y la fauna que acompañó al santo en su leyenda.