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Consolidación medieval: El Castillo de Villafranca

Siguiendo las normas de las series de televisión, incluimos algunos párrafos ya publicados.

Son cuatro paginas y 35 fotografias.

Lo que conocemos por la urbanización Villafranca del Castillo debe su apellido a la imponente silueta fortificada y solitaria que aún vigila sus tierras, si bien el núcleo original se forja en torno a un puente, una ermita y una venta. Para reconstruir su historia, suspendida entre el rigor de los archivos y la bruma de las leyendas populares, es necesario cruzar las crónicas de la época con las investigaciones de Charlotte Kennedy (2026), los estudios de Rollón y Carrero (1989), las monografías de Enrique Suja (1995) y los persistentes relatos orales que aún se transmiten en los pueblos limítrofes.

El origen de este enclave se remonta al lejano siglo XI, en los estertores de la Reconquista, cuando el centro peninsular era un mosaico inestable dominado por los reinos de taifas. El 6 de mayo de 1085, tras meses de un asedio asfixiante, el rey castellano Alfonso VI «el Bravo» cruzó el río Tajo y conquistó la capital del reino islámico: la emblemática Toledo, antigua urbe visigoda. Con su caída, se desmoronó la taifa toledana por completo.

Lo que hasta entonces había sido la Marca Media islámica, el próspero solar de la dinastía de los Banu Di-l-Nun, se incorporó de golpe a la Corona de Castilla. Aquella vasta frontera pasó a llamarse la Extremadura Castellana y, siglos más tarde, Castilla la Nueva.

La capitulación de Toledo arrastró consigo un rosario de medinas, alcázares y ḥuṣūn (castillos rurales) que vertebraban el centro de la Península: Talavera, Maqueda, Santa Olalla, Mora, Rivas, Consuegra, Uclés, Masatrigo, Almodóvar, Cuenca, Alarcos, Alvende, Alamín, Olmos, Canales, Madrid, Talamanca, Alcalá, Uceda, Hita, Aledo, Guadalajara y la estratégica fortaleza de Calatalifa.

Tras la victoria, Alfonso VI pactó el reparto de las esferas de influencia: el entorno de Valencia quedó en manos de Al-Qadir, el destronado rey taifa de Toledo; la cuenca del Guadiana se reservó para Al-Mútamid, el célebre rey poeta de Sevilla; y la rica cuenca del Tajo fue anexionada por el monarca castellano.

En mitad de aquel reparto se encontraba Mayrit (Madrid). Por entonces, la futura capital era una pequeña plaza fortificada de apenas mil habitantes, pero dotada de una sólida alcazaba amurallada. Las crónicas recuerdan que la plaza fue tomada por el empuje de las milicias segovianas. Dos caballeros de Segovia, Fernán García y Día Sanz, pasaron a la posteridad por su valentía al escalar los lienzos de la alcazaba madrileña, una hazaña que el cronista Diego de Colmenares situaría en torno al año 1200 y que les valió prebendas y escudos de armas al regresar a su tierra.

1. El enigma de El Horcajo y el linaje de los Álvarez de Toledo

El documento más antiguo que arroja luz sobre la propiedad de estos campos descansa en el Archivo General de la Villa de Madrid, transcrito por Tomás Domingo Palacio en 1888. Se trata de un legajo datado hacia 1312, en el que el concejo de Madrid reclamaba al rey Fernando IV la propiedad de un paraje conocido como El Horcajo (el mismo lugar donde hoy se alza el castillo). El texto reza:

«El Forcajo fue de donna Silocha, madre de Garcia Fernandez, et hoy dia de Garcia Hernandez, el cual cupo por herencia a su nieto».

Este testimonio demuestra que, ya a principios del siglo XIV, la zona era objeto de agrias disputas entre los nobles de la frontera. Aquellos antiguos linajes militares, descendientes de los caballeros de la Reconquista, aprovechaban la debilidad de los sucesivos reyes castellanos para consolidar sus dominios. Esta agresiva política señorial no dejaría de crecer hasta que, siglo y medio después, la reina Isabel la Católica prohibiera tajantemente la erección de nuevas casas-fuerte y castillos.

Hacia el año 1440, aquellas tierras en litigio terminaron integradas en el patrimonio de los Álvarez de Toledo, una poderosa familia nobiliaria al servicio de Juan II de Castilla. Fue en la década de 1450 cuando don Alonso Álvarez de Toledo decidió afianzar el señorío. Tras fundar un mayorazgo junto a su esposa, Catalina Núñez, a favor de su hijo Pedro Núñez de Toledo, ordenó levantar un castillo. No era un capricho estético; el edificio nació para defenderse de las constantes embestidas y amenazas soterradas de las facciones nobiliarias rivales, durante los convulsos reinados de Juan II y Enrique IV.

A su vez, para proteger su patrimonio, los Álvarez de Toledo sellaron una alianza estratégica con el pequeño concejo de Madrid en contra de los intereses de Segovia, ya que la ciudad del acueducto utilizaba la Extremadura Castellana como moneda de cambio entre obispos, notarios y magnates, a espaldas de la Corona.

2. Arquitectura y fases de construcción

El castillo en sí presenta una planta cuadrada con paramentos típicos de los siglos XII al XV, inusualmente fuertes para un conjunto tan reducido. Cuenta con una torre del homenaje cuadrada y sobria, construida con los mismos materiales y sin más ornamentos que destacar.

Sus restos de cimentación y muros indican que su fisonomía actual fue fruto de dos fases constructivas. En un principio, lo que hoy llamamos «torre del homenaje» no sería tal, sino una torre-fuerte o torre vigía, tipología muy común en la zona y en la época. Esta construcción inicial sirvió de núcleo para posteriores ampliaciones de carácter definitivo. Además, el conjunto conserva restos de lo que pudo ser una cerca amojonada.

Sorprende, no obstante, su emplazamiento aislado: carece de foso de protección y no se tiene constancia de que existieran viviendas próximas en tiempos remotos. Se sitúa en un pequeño promontorio cerca de la confluencia de los ríos Guadarrama y Aulencia. Aunque la cuenca de ambos ríos forma una gran hondonada, el castillo domina el paisaje en solitario hacia el sur y el oeste, a pesar de su escasa altura.

3. Más que una fortaleza: el nacimiento de Villafranca

Ante este escenario, todos los historiadores se han hecho la misma pregunta: «¿Qué defiende?». La respuesta va más allá de lo puramente militar. A petición de Alonso Álvarez de Toledo en 1455, el rey Juan II otorgó al lugar una franquicia de tasas e impuestos; a partir de entonces, el paraje original —que englobaba la ermita, la Venta de San Antón y el cerro del Horcajo— llevaría para siempre el nombre de Villafranca del Castillo. Este topónimo, mucho más ostentoso, implicaba una protección regia y un compromiso señorial hacia sus habitantes.

No se trataba solo de unos metros de terreno fortificado, sino del nacimiento de un señorío: un coto redondo delimitado por la margen derecha del río Guadarrama y parte del río Aulencia. El territorio abarcaba unas 1500 hectáreas de vegas muy productivas, encinares y pastos, una extensión que hacía sombra a muchos de los pueblos de la época.

Cabe destacar que el Castillo de Villafranca no es una obra musulmana, sino una construcción puramente castellana del siglo XV, aunque edificada por alarifes mudéjares que aplicaron las refinadas técnicas arquitectónicas heredadas del islam.

La vida intramuros no tardó en organizarse y, para finales del siglo XV, el castillo ya contaba con su propio gobernador. Un curioso documento del Archivo General de Simancas, datado en Medina del Campo el 10 de marzo de 1494, recoge una severa instrucción real dirigida al alcaide de la fortaleza, exigiéndole que «haga vida con su mujer y deje a su manceba».

El hecho de que no se conozcan asedios ni batallas en su historial refuerza la idea de que su verdadera razón de ser no era la guerra, sino la consolidación política, el control territorial y el prestigio de su linaje.

4. La leyenda del «Morillo»: ¿Rey moro o tesorero cristiano?

Durante siglos, la memoria popular de la comarca distorsionó el origen del castillo. Una joya bibliográfica de 1896, la Geografía Médica Española del distrito de Navalcarnero, recoge el testimonio de don Francisco de la Cruz Aragón, médico titular de Brunete.

Don Francisco, hombre observador, solía reunirse en la taberna local con el notario del pueblo. Entre chato y chato de vino, mientras firmaba como testigo en las escrituras del día, escuchaba los relatos de don Luis Bahía, un potentado con casa en Madrid y Brunete que andaba construyendo una colosal bodega en la zona. Como administrador de las tierras de Villafranca, Bahía —que confirmaba que la finca pertenecía ya a la todopoderosa condesa de la Vega del Pozo— le transmitía al médico las viejas historias que se contaban entre pastores y campesinos.

El médico de Brunete plasmó aquellas charlas en su libro, asegurando que el castillo era:

«[…] antiquísimo, por cuanto se indicaba su existencia en la dominación sarracena, siendo feudatario con otros varios de un moro que, por su pequeña estatura, era conocido con el nombre de Morillo, residente en el Castillo de Villafranca».

Según esta tradición popular, recogida erróneamente en las páginas web de varios ayuntamientos de la zona, este «reyezuelo árabe» habría dado nombre también al vecino pueblo de Valdemorillo (el «Valle del Morillo»).

Sin embargo, los archivos históricos desmienten el mito árabe y revelan una realidad puramente medieval. Una provisión real del rey Enrique IV, firmada en Colmenar Viejo el 6 de junio de 1457, ofrece la verdadera pista. El documento revoca ciertos privilegios concedidos en Guadalajara por un tal Juan de Morillo, tesorero de la Casa de la Moneda de Segovia.

Curiosamente, en la confirmación posterior que los Reyes Católicos hicieron de este documento en 1477, interviene como secretario real Fernando Álvarez de Toledo, del mismo linaje propietario de Villafranca. Todo apunta a que el célebre «Morillo» de la leyenda no fue un jefe musulmán, sino un influyente funcionario cristiano de la tesorería segoviana cuyos antepasados habían asentado su influencia en la comarca, dando origen al topónimo de Valdemorillo.

5. El pasadizo secreto y el eco de Calatalifa

A pesar de la realidad de los archivos, la proximidad de la gran fortaleza islámica de Calatalifa —situada a trece kilómetros río Guadarrama abajo, en el término de Villaviciosa de Odón— alimentó durante generaciones el imaginario de los lugareños. Calatalifa, levantada en el año 939 por orden del califa Abderramán III y despoblada tras la conquista de 1085, no fue descubierta por la arqueología moderna hasta 1942, oculta en un paraje rústico conocido popularmente como «Cueva de la Mora».

Villaviciosa de Odón es un pueblo sumamente rico en mitos, hadas y leyendas —como bien recoge la bibliografía local—. Entre los relatos que rodean a la Cueva de la Mora, existía uno muy arraigado que también era difundido entre vecinos de pueblos limítrofes: la presencia de una pavorosa galería subterránea, un pasadizo secreto que comunicaba directamente las entrañas del Castillo de Villafranca con el castillo de Villaviciosa de Odón. Esta leyenda no era sino el eco deformado de Calatalifa, cuyas ruinas arqueológicas, paralizadas desde 1995, aguardan hoy ser excavadas de nuevo.

A mediados del siglo XV, en los años en que se ponían las piedras del castillo, no era extraño que los Álvarez de Toledo emplearan como mano de obra a los mudéjares que aún permanecían en la comarca, antes de la definitiva expulsión decretada en 1492. Esos constructores silenciosos dejaron su impronta en los muros del Castillo del Aulencia (nombre oficial en la actualidad).

Detrás de sus muros, sin embargo, se gestaba una guerra soterrada de intereses, pleitos y matrimonios de conveniencia entre la nobleza castellana que se prolongaría hasta el siglo XVIII. Una trama de ambición y poder que se desvelará en el próximo capítulo.

Alfonso VI (1155-1214) ante las murallas de Madrid. Litografía de la Historia de la Villa y Corte de Amador de los Ríos 1860
Juan II de castilla. (1405-1454)
Plano de Rollon con la posible segunda cerca
Alzado Rollon
Google 1
Google imagen de su ubicacion al lado de las instalaciones de la ESSA
Google ubicacion

Esta foto del castillo, sacada de un libro enorme titulado Castillos de España, me transporta directo a mi niñez. Tendría yo unos ocho años. Mis abuelos maternos tenían la panadería del pueblo y, aunque no recuerdo bien por qué, varias veces acompañé a mi tío Gregorio a repartir pan por las fincas cercanas: la Cepilla, La Pellejera y Villafranca.

El viaje a Villafranca siempre era una aventura. Íbamos con el mulo Lucero y un carrito de dos ruedas con capota. Lo más emocionante era cruzar el río; poco después, aparecía ante nosotros un castillo. El camino era exactamente el que se ve en la foto. Nunca nos paramos a verlo de cerca; mi tío siempre decía que estaba abandonado y que allí solo había ovejas. Más adelante empezaban las casas y ahí era donde mi tío vendía el pan. La primera era la del tractorista, Félix, y su mujer, Juliana, que siempre salía a recibirnos en cuanto nos oía llegar.

Tiempo después, durante las fiestas del pueblo, Félix vino a la panadería con su tractor y guardó el remolque atrás, en el patio. Traía a Juliana y a más gente que venía a ver los toros. Me acuerdo perfectamente de ese tractor: era enorme y tenía las ruedas delanteras juntas, algo que a mí me parecía rarísimo.

Tenía pendiente ir al castillo y fue pasados unos años, ya tenía bicicleta.

La fotografía tiene dos cosas, es verano, todo está seco, hay una retama, todavía no se había caído el machón que soportaba la veleta.

Patio interior ventana en 2025
La misma ventana hacia 1968
Portada
Portada 2
Patio cueva,o algibe
Galeria interior
Panoramica a pie del castillo
Fachada posterior

Veleta retirada de los escombros, cuando se cayo en 2024
Castillo al termino de la Batalla de Brunete en agosto de 1937
Posible a primeros del 37,no es julio, por la ropa, estan simulando que manejan una ametralladora inglesa Lewis cal. 303( J. del Rio) y el castillo no tiene impactos de artilleria.
Veleta impactos

Ultima fotografia

COTINUARÁ