1. El Guadarrama: testigo del ocaso de Roma
Son 10 minutos de lectura, 6 páginas y después apoyamos con 35 fotografías.
A primera vista, la sugerencia de un relato sobre Villafranca del Castillo podría parecer ajena a la gran historia peninsular. Sin embargo, al estudiar la cuenca del río Guadarrama, nos adentramos en una etapa de nuestro pasado cuya documentación es imprescindible para entender el fin de un mundo.
Hace dos mil años, los pueblos carpetanos que habitaban esta región tuvieron que resignarse a formar parte de una civilización en implacable expansión. Por las buenas o por las malas, durante cinco siglos este territorio fue una pieza más del engranaje del Imperio romano. La historia de la cuenca media del río Guadarrama no es un simple capricho erudito; es la clave para desenterrar un pasado que la modernidad y las prisas de los tiempos que corren a menudo tachan de inútil.
Actualmente, el legado romano de la Comunidad de Madrid está eclipsado por una ciudad que se lleva todos los honores: Complutum, la actual Alcalá de Henares. Aunque Alcalá comparte similitudes geográficas con nuestro entorno —al depender íntimamente del cauce de los ríos Henares y Jarama—, su difusión arqueológica fue mucho más temprana.
Mientras que Alcalá ostenta el protagonismo desde los primeros siglos del Alto Imperio, el oeste madrileño guarda un secreto diferente: esta zona fue testigo directo y actor secundario de la decadencia de ese mismo imperio hacia el siglo V. Aquí se vivió en primera línea el cambio de era: el silencioso y a veces traumático asentamiento del cristianismo en detrimento de la mitología y la religión grecorromana.
2. El laberinto de las calzadas y el enigma de Titulcia
Aunque la bibliografía sobre la Hispania romana es abundante y de alto nivel, la gran mayoría de los investigadores se han decantado por estudiar y difundir la historia complutense. Esta apuesta institucional se consolidó definitivamente al convertirse Alcalá de Henares en la sede del Museo Arqueológico e Paleontológico Regional de la Comunidad de Madrid.
Por su parte, el enclave donde hoy se asientan Villafranca, la Venta y la Ermita se enmarcaba, allá por los siglos III y IV d. C., en la estratégica red de caminos que unían dos centros de poder: Segovia y Toledo. La civilización romana destacó por coser sus dominios mediante vías de comunicación perfectas. Contamos con valiosas referencias de estas calzadas gracias al Itinerario de Antonino, un registro oficial que identificaba las rutas imperiales con un número, detallando las mansiones —paradas de postas— y las distancias entre ellas en millas romanas. Esto requiere una doble lectura: no siempre se trataba de «ciudades» en el concepto actual; a veces eran mutaciones del terreno, lugares ya desaparecidos o puntos estratégicos sin población masiva.
Las vías que cruzaban nuestro territorio son las número 24, 25, 26 y 29. Al estar situados en el corazón de la Península, funcionamos como un auténtico cruce de caminos. Por ello, los arqueólogos se han esforzado durante décadas en encajar las piezas de la triangulación del centro peninsular, donde la gran estrella sigue siendo Alcalá y su zona de influencia (los ríos Henares, Jarama y Tajuña) para conectar Mérida, Ciudad Real y Toledo con Caesar Augusta (Zaragoza) y Segovia.
Las fuentes antiguas coinciden en señalar tres vértices repetidos en la actual comunidad autónoma: Complutum (Alcalá), Miacum y Titulcia. Solo Alcalá está claramente definida sobre el terreno. Miacum parece ubicarse con acierto entre la finca de El Beneficio (en Collado Mediano) o Monesterio (en San Lorenzo de El Escorial). Sin embargo, la ubicación exacta de Titulcia sigue siendo un enigma que genera intensos debates; incluso el Museo de Historia de Madrid propone hoy distintas alternativas. A esto se suma que, según la cartografía histórica, Titulcia era un nudo de comunicaciones que debe encajar con precisión matemática con las distancias de los itinerarios romanos, convirtiéndose en un verdadero crucigrama geográfico. Si la actual ubicación de Titulcia en el sur de Madrid llegara a descartarse, obligaría a reubicar ciudades y vías que los profesionales más afamados ya consideran sagradas.
El curioso origen de la Titulcia actual En el sur de la Comunidad de Madrid existe un pueblo llamado Titulcia con evidentes vestigios antiguos. Sin embargo, esto no basta para certificar al cien por cien que ese fuera su nombre original. Históricamente, el pueblo se llamaba Bayona de Tajuña. Su nombre fue cambiado a «Titulcia» por un Real Decreto de 1814 firmado por el rey Fernando VII, a propuesta del Marqués de Torrehermosa, dueño de la villa. El marqués quería evitar a toda costa que el monarca recordara los amargos días de su cautiverio a manos de Napoleón en la Bayona francesa. Así, la Titulcia actual nació por una mera carambola y concesión administrativa.
A diferencia del este y el sur de la región, ampliamente explorados desde el siglo XIX, el oeste madrileño —la frontera natural comprendida entre los ríos Manzanares, Guadarrama, Perales y Alberche— ha sido históricamente el gran olvidado por la piqueta de la arqueología.
3. Una mirada distinta al oeste madrileño
Lejos de pretender crear dogmas inamovibles sobre la arqueología del oeste de Madrid, este relato busca aportar una mirada distinta sobre cómo funcionó aquel territorio. Es una evidencia que falta mucho por excavar y que debemos aceptar la triste realidad de lo que ya se ha perdido debido a la desidia política y a los intereses materiales.
Una opción arqueológica poco estudiada es el entorno de Villamanta (identificada tradicionalmente como Mantua Carpetanorum), donde la disposición gubernamental para sacar a la luz sus importantes yacimientos —actualmente clausurados— ha sido desafortunadamente negativa. Es fundamental conectar estos enclaves con los ramales que ascendían desde Mérida hacia el centro para bifurcarse hacia Zaragoza, Segovia, Ávila o Toledo.
El momento histórico de los siglos III y IV es el de un sistema sociopolítico en franca decadencia. Tras siglos de bonanza, el Imperio empezó a agrietarse por la crisis de la mano de obra esclava, la ineptitud de las clases dirigentes y un cambio cultural radical: la transición del paganismo politeísta al catolicismo como religión de Estado. En este punto, los nombres y las biografías de la comarca cobran una relevancia crucial para sostener nuestras hipótesis, ya que varios personajes fundamentales en el epílogo del Imperio romano eran nativos del centro peninsular o estuvieron íntimamente vinculados a él:
- San Dámaso I (304–384): El primer Papa de la Iglesia nacido en tierras hispanas, concretamente en Villamanta, un hecho certificado por el propio Vaticano que se refrenda con la reliquia conservada en su iglesia parroquial.
- San Jerónimo (347–420): Estrecho colaborador del papa Dámaso y encargado por este de traducir la Biblia directamente al latín, dando origen a la célebre Vulgata.
- El emperador Teodosio I el Grande (347–395): Originario de la cercana Coca (Segovia), fue el hombre que impuso el catolicismo como la única religión oficial del Imperio mediante el Edicto de Tesalónica y quien, a su muerte, dividió el mundo romano entre sus hijos, sellando el principio del fin del Imperio de Occidente.
- Materno Cinegio († 388): Alto funcionario imperial, tío o allegado del propio Teodosio y fundador de la imponente villa romana de Carranque, situada estratégicamente al pie del río Guadarrama.
Todo esto nos permite construir una base lógica, pero todavía envuelta en la bruma de la imaginación, ya que hasta la fecha apenas contamos con los descubrimientos del profesor don Julio Mangas, quien desgraciadamente falleció sin ver culminado su trabajo en la zona.
4. Rutas, hallazgos y el testimonio de Villanueva de la Cañada
Sumando lo recuperado en Villamanta —hoy trasladado al museo regional de Alcalá— y lo que aún duerme bajo los campos de labor, es posible proponer que esta zona fue una de las arterias más importantes de la época. Estaba comunicada directamente con Sacedón (cuyo nombre deriva de Sacellum, un pequeño templo o santuario romano en el camino de Toledo a Segovia) y con Santa María de Batres, formando parte de la zona de influencia de la villa de Materno Cinegio en Carranque; es decir, la aproximación al centro de la Península desde la gran vía de Mérida.
Es de justicia poner en valor el camino de Toledo a Segovia reflejado fielmente por Juan de Villuga en su repertorio de caminos de 1546. Esta ruta medieval y moderna, con sutiles variantes, coincide casi milimétricamente con las vías 24 y 25 del Itinerario de Antonino descritas mil años antes. El camino siguió usándose en la época andalusí bajo el nombre de Balat-Humayt (aún visible en los tramos de la Cañada de la Cañadilla, en Brunete) y sobrevive hoy en la toponimia local bajo el nombre de Carril Toledano.
Lamentablemente, en el verano de 1937, la Batalla de Brunete removió con violencia estas tierras. La artillería y las trincheras destruyeron prioridades arqueológicas enteras, obligando en cierto modo a los historiadores a partir de cero.
Aun así, podemos seguir el rastro de las legiones y los colonos romanos a través de varios hitos emblemáticos de la comarca:
- Sacedón (Villaviciosa de Odón – Sevilla la Nueva): En el entorno de la urbanización Los Manantiales se inicia un tramo en dirección a Brunete. Parajes como la Cañadilla, Cienvallejos o Fuente Pablo revelaron hace años múltiples vestigios: epígrafes, monedas y fragmentos de cerámica terra sigillata de los siglos III y IV d. C.
- Brunete: Al cruzar la calle Real, bajo el pavimento, descansa una antigua presa de origen romano. En una vivienda próxima se halló una estela funeraria con la inscripción ATTO MANU, hoy custodiada en los sótanos del Museo Arqueológico Nacional en Madrid. La propia iglesia parroquial, en sus orígenes, responde a aquellos primeros asentamientos cristianos bajo la advocación de San Antón.
- De Brunete a Villanueva de la Cañada: Siguiendo el eje de la carretera M-600, encontramos el «Charco Poleo» (Fontis Polio, derivado de Pulitus). Allí se emplazaba una antigua ermita dedicada a la Virgen de las Angustias, un claro ejemplo de la cristianización de los antiguos altares paganos (sacella) situados en los cruces de caminos. El sendero continuaba por una calzada romana cuyas piedras de cuarcita llegaron amontonadas y visibles hasta bien entrado el siglo XIX.
- El casco urbano de Villanueva de la Cañada: En su interior existió una gran charca que cumplía las funciones de abrevadero y descanso para el ganado, heredera directa de las paradas técnicas de las viejas rutas romanas.
- El Villarejo y la Huerta de Romanillos: A la salida de Villanueva de la Cañada, cerca del río Aulencia —un hidrónimo de resonancia puramente latina—, el investigador Gonzalo Arias Bonet (1927–2008) propuso dos hipótesis para ubicar la inalcanzable Titulcia:
- En la Huerta de Romanillos: Frente a Villafranca, en el margen izquierdo del río Guadarrama (zona hoy protegida por el Parque Regional).
- En el despoblado del Villarejo: A orillas del río Aulencia, donde existe un yacimiento romano gravemente afectado desde 1960 por una planta de extracción de arena. En estos parajes se levantan dos puentes antiguos para cruzar el río Aulencia: el del Molino y el del Puente Caído.
- Recursos y Leyendas del Aulencia: En esta zona de presierra conviene reseñar los yacimientos de caolín y cobre, explotados desde época romana hasta el siglo XIX; así como los molinos de agua, las huertas y los cultivos de secano. El protagonismo histórico de la vid ha sido refrendado recientemente por el hallazgo de un torcularium (una estancia romana dedicada al prensado y producción de vino) en la zona de Los Palacios, en Villanueva del Pardillo.
- Los Palacios Medievales: En torno al río Aulencia se entrelazan leyendas medievales que hablan de palacios señoriales y estatuas recuperadas como La Despernada en tiempos de Juan II. Este sustrato señorial queda refrendado por la Casa Palata —una mansión antigua situada entre Colmenarejo y Villanueva del Pardillo— y el propio Arroyo de los Palacios.
Con este denso marco histórico, la Venta y la Ermita de San Antón de Villafranca quedan perfectamente integradas dentro de un contexto geográfico de primer orden.
5. Reflexiones sobre el ocaso y el paso del tiempo
No pretendemos trazar con precisión matemática las calzadas o las villae que Roma sembró durante seis siglos en la comarca, pero el lento declinar de aquel mundo nos invita a reflexionar sobre tres fenómenos históricos:
- El peso de los hombres de la tierra: Los personajes oriundos de la zona o vinculados a ella no fueron meros espectadores, sino que intervinieron directamente en el destino y el término de aquella civilización.
- La ocultación de bienes: Ante la llegada de tiempos drásticos, invasiones e inseguridad jurídica, los habitantes de la época intentaron poner a salvo sus riquezas materiales, escondiéndolas en depósitos clandestinos o enterrándolas en sus propias tumbas.
- La destrucción de la memoria pagana (damnatio memoriae): El triunfo definitivo del cristianismo conllevó la demolición casi total de la epigrafía, las esculturas y los templos que recordaran el pasado politeísta, reutilizando las piedras romanas para levantar las nuevas iglesias.
De hecho, tras este crepúsculo, la zona se sumió en un silencio demográfico del que solo quedan algunas muestras de tumbas visigodas y el eco de las razias o incursiones militares que realizaba el califa Abderramán III en el año 939 desde el Toledo musulmán, apoyándose en el cercano enclave fortificado de Calatalifa.
Posteriormente, el rey Alfonso XI (1312–1350) describiría la zona en su famoso Libro de la Montería como un territorio de espesos bosques y caza mayor. Este detalle confirma la escasa repoblación humana y la mínima actividad agrícola de aquellos siglos, un escenario ideal para los animales salvajes y el recreo de la nobleza.
Ese gran silencio documental puede interpretarse como un síntoma de tranquilidad. La comarca despertó hacia el siglo XI, cuando los señores feudales comenzaron a recibir «parcelas» y derechos de manos del rey cristiano a cambio de defender la frontera. Irónicamente, combatían contra el antiguo aliado musulmán al que los gobernantes visigodos habían admitido como «amigo» tres siglos atrás, cometiendo el error de ignorar que profesaban una fe y un proyecto político completamente distintos.
El territorio pasó entonces a depender de la Comunidad de Ciudad y Tierra de Segovia. Sabemos que el rey Enrique IV (1425–1474) pasaba gran parte de su tiempo de ocio en estos bosques, utilizando como bases operativas los palacios de la zona, especialmente el misterioso Palacio de las Asperillas. A Enrique IV se le recuerda en las crónicas por una forma de gobernar caótica, pero también por poseer unas riquezas materiales inmensas y de origen un tanto oscuro.
Tuvimos que esperar otro siglo para volver a tener noticias detalladas de la vida cotidiana gracias a las Relaciones Topográficas de Felipe II (1578). En este exhaustivo cuestionario, los vecinos de Villanueva de la Cañada dejaron respuestas sorprendentes: declararon ser devotos de San Gregorio Nacianceno, una respuesta idéntica a la que dio el ya despoblado Sacedón en la misma fecha.
Otra de las respuestas dejadas en las actas reales roza la leyenda: la mención popular de que en el paraje de El Vetago había nacido el famoso y astuto pirata Barbarroja.
Pero la contestación más asombrosa quedó registrada en la pregunta número 43. Los vecinos declararon que hacia el norte se encontraba el despoblado antiguo del Villarejo, a orillas del río Aulencia. Allí afirmaban haber hallado sepulcros hechos de lanchas blancas de caliza con «grandes huesos» en su interior. Los cuerpos estaban enterrados al modo cristiano, pero con barriles, botijos y piedras en la cabecera. Los lugareños dudaban si eran restos de la «época de los gentiles» (romanos paganos) o de los moros, y recordaban que la tradición oral hablaba de una gran ciudad sepultada que escondía libros y tesoros ocultos. Incluso señalaban que, al hacer hoyos para plantar viñas o arar la tierra, los arados seguían tropezando con los restos de aquella misteriosa comunidad.
Esas viejas crónicas nos devuelven inevitablemente a la figura de Enrique IV y a los rumores sobre su inmenso tesoro oculto, aquel que le permitió mantenerse en el trono, hasta que sucumbió al empuje de su hermanastra, Isabel la Católica, asesorada por la astucia de Beatriz de Bobadilla y Andrés Cabrera, custodio de los caudales y tesoros del Alcázar de Segovia.
Epílogo
A modo de guion cinematográfico, apostamos por esta comarca como un testigo mudo de los avatares y la decadencia del Imperio romano. Un territorio donde las calzadas imperiales terminaron convertidas en Cañadas Reales de la Mesta y en escenario de cacerías cortesanas, mientras el tiempo borraba y sepultaba el rastro de las antiguas villae romanas que, bajo el suelo de Villafranca, aún esperan el día de ser descubiertas.
Tras profundizar en la historia y los datos del capítulo, llegamos a este espacio dedicado exclusivamente a la imagen.
Lo que vas a ver a continuación es un recorrido de 35 fotografías históricas/documentales, acompañadas de sus respectivos pies de foto. Están dispuestas en orden cronológico/temático para que puedas «leer» visualmente lo que acabamos de analizar.
Tomate tu tiempo, avanza a tu propio ritmo y déjate llevar por los detalles de cada instantánea





El Itinerario de Antonio Augusto Caracalla, recopilación de rutas del Imperio romano, se supone redactado en el siglo III, pero sólo se conservan copias del siglo siguiente, de la época de Diocleciano. Describe 372 itinerarios, 34 discurren por la Península Ibérica, contenidos en los números I al XXXIV, según la numeración de Saavedra. Atiende únicamente a los caminos que por su importancia constaban en el Registro del Pretor sin preocuparse de los de menor categoría. En cada ruta da noticias de las mansiones, correspondencias y millas. Se ha pensado que más que una guía para viajeros el Itinerario estaba destinado a facilitar la recaudación de tributos. En cualquier caso ha permitido localizar dotaciones romanas y seguir la traza de varias calzadas.





























